En una instalación portuaria de La Guaira que ha sido reconvertida apresuradamente en morgue, se desarrolla una escena sombríamente repetitiva: familias que han pasado días peinando hospitales, refugios y escombros ahora esperan horas para confirmar lo peor. Con los dos terremotos que azotaron Venezuela elevando el número de muertos a más de 2.600, las autoridades no solo luchan por recuperar cuerpos, sino por identificar quiénes son. Los servicios locales están desbordados, lo que obliga a las instituciones a improvisar, lo que, nueve días después de los temblores, significa que los cuerpos se almacenan al aire libre o en tiendas de campaña bajo el sol abrasador.

Hileras de sillas bordean el interior y el exterior de Los Silos, donde la tristeza es contagiosa. Nadie habla. Algunos miran al vacío; otros hojean sus teléfonos leyendo noticias o respondiendo mensajes. Personal armado de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana controla el acceso, añadiendo un toque de ambiente autoritario. "Tengo miedo de lo que voy a ver allí, pero es la única manera de acabar con esta agonía", dice una mujer que busca a su sobrino. Dentro, el olor a descomposición golpea primero. Los familiares se cubren la boca; las mascarillas de tela ofrecen poco alivio. Pronto, dejan de reaccionar: la capacidad humana de adaptación es inquietante.

Cientos de cuerpos yacen en filas, envueltos en plástico y expuestos al sol, ordenados por hora de recuperación. En un extremo, una tienda ofrece cremación gratuita; en el otro, especialistas forenses usan registros dentales. Las familias se enfrentan a una elección: identificar por la ropa, o sentarse frente a dos pantallas de televisión que muestran más de 1.000 imágenes de cuerpos hinchados, oscurecidos y heridos. Buscan tatuajes, pulseras o una manta polvorienta. Una mujer rompe a llorar al reconocer a su hijo por una manta así; un desconocido la abraza. Un joven susurra al teléfono, tratando de identificar a su madre, pero dice que el estado de los cuerpos lo dificulta. "Esto es como una película de terror", dice Liliana González, de 60 años, que vino por su tía pero identificó a su sobrino de 37 años por su tatuaje.

Modesta Alemán, de 56 años, viajó desde Carayaca para encontrar a su hermana mayor Matilde, que vivía en Playa Grande, una de las zonas más afectadas. Voluntarios oyeron voces desde el edificio pero no pudieron contactar a nadie. Modesta espera fuera mientras los familiares se encargan de la identificación. Quizás sea mejor así, dice. El proceso lleva horas: identificación, huellas dactilares (si es posible), ataúdes, certificados de defunción, y luego recogida. Jéssica Soto, de 42 años, ha esperado dos días por los restos de su hija de 15 años y su nieta de tres años, atrapadas en su apartamento. Sus cuerpos fueron recuperados casi una semana después. "Te tienen esperando por papeleo, camiones y quién sabe qué más", le dice a BBC Mundo. "Los han tenido en un ataúd al sol desde ayer. No me queda más que esperar y confiar en Dios".

Liliana entró en pánico cuando le dijeron que identificaría a su sobrino sola, pero dos trabajadores la acompañaron. "Gracias a Dios, porque en un momento así, es bueno sentir la mano de alguien". Su tía sigue enterrada entre los escombros. Teme volver a la morgue para repetir todo el proceso de nuevo.