Una mujer tailandesa que pasó más de 20 años en prisión tras ser declarada culpable de tráfico de drogas —incluyendo ocho años en el corredor de la muerte— ha dicho a la ONU que aprender a coser le ayudó a encontrar sentido tras las rejas y un trabajo tras su liberación. Porque nada dice 'rehabilitación existencial' como una buena puntada.

Mariyam Tadein tenía 21 años cuando fue condenada a muerte después de que la policía encontrara más de medio millón de pastillas de 'yaba' —un cóctel ilegal de metanfetamina y cafeína popular en el sudeste asiático— en la casa que alquilaba en el sur de Tailandia. Las pastillas no eran suyas, pero como ella señala, 'no importaba'. El sistema legal, resulta, no siempre es muy dado a los matices.

'Pasé 20 años, cinco meses y 15 días en prisión', dijo. 'Fui condenada a muerte, junto con una persona que fue ejecutada por inyección letal. Sabía que yo era la siguiente, que iba a morir'. Durante dos años tuvo que llevar un letrero que decía 'Pena de Muerte' en todo momento, porque aparentemente el estado quería asegurarse de que no olvidara la cita.

En un giro que haría sonrojar a un guionista, un indulto real le salvó la vida y fue trasladada a otra prisión. 'Éramos nueve personas. Horneamos un pastel', recordó —porque nada dice 'acabamos de escapar de la ejecución' como un bizcocho ligero.

Enfrentando cadena perpetua, decidió concentrarse en algo: coser. 'Cuanto más trabajaba, más sentido sentía. Me concentraba en el patrón de la tela y el hilo. Hilo por hilo. Todos los días'. Obtuvo privilegios como ducharse más tarde, lo que en una prisión de 4,000 mujeres es básicamente ganarse la lotería.

Durante el tsunami de 2004, cosió bolsas de tela para los cuerpos. 'Seguí cortando mucha tela porque hubo muchas muertes', dijo. Fue una distracción sombría, pero una distracción al fin.

En 2021, a los 52 años, recibió un segundo indulto real por buena conducta y fue liberada. El dueño de un negocio de costura que había capacitado a ex presidiarias le ofreció un trabajo. Hoy, a los 56, trabaja, cose y vive con sus hijos y su esposo —el mismo esposo que se volvió a casar mientras ella estaba dentro. Reuniones familiares incómodas, suponemos, estuvieron involucradas.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) ha proporcionado equipos de formación profesional a casi 60 prisiones en Tailandia, permitiendo habilidades como carpintería y costura —porque aparentemente el camino a la redención pasa por una máquina de coser Singer.