En diciembre de 2009, una tormenta vespertina descargó tanta lluvia sobre Ayacucho, Perú, que los sistemas de drenaje dijeron: "Ni hablar", y se convirtieron en resbaladillas de lodo mortales. Diez personas murieron, 18 resultaron heridas y 530 casas quedaron destruidas. Edgar Castro, líder del barrio informal más grande de la ciudad, Mollepata, lo recuerda como "un desastre" — que es una forma de decirlo.

Casi 17 años después, miles han decidido que el mejor lugar para construir una casa es justo donde ocurrió el último desastre. La población de Mollepata pasó de 316 en 2007 a 6,624 en 2017, y las autoridades locales estiman que llegará a 17,000 para 2027. Castro, sin embargo, cree que la cifra real se acerca a los 30,000 — porque ¿quién necesita datos oficiales cuando tienes vibras?

En toda América Latina, una de cada cinco personas vive en asentamientos no planificados, porque nada dice "buena inversión" como construir en una llanura aluvial. Cynthia Goytia, profesora de economía urbana en Buenos Aires, señala que a medida que el clima extremo se vuelve más extremo, los pobres urbanos son los más expuestos y los menos equipados para enfrentarlo. Es como estar en la zona de salpicaduras de un parque acuático del cambio climático, pero sin la diversión.

Las casas de Mollepata son estructuras autoconstruidas de adobe o ladrillo con techos de metal corrugado, encaramadas en pendientes pronunciadas como si estuvieran audicionando para una película de desastres. Dos tercios de la población y todas sus escuelas están en zonas de alto riesgo. El glaciar local ha perdido el 95% de su capa de nieve, y las lluvias son más cortas pero más intensas — así que cuando llueve, diluvia, y cuando no, todo se convierte en un horno. El especialista ambiental Juan Carlos Prado dice que estos barrios se convierten en "pequeños hornos". Encantador.

El acceso a Mollepata es a través de un solo puente. Si colapsa, los residentes quedan aislados. La ciudad realiza campañas de educación, pero Castro dice que la gente "todavía no toma en cuenta estas consecuencias". Goytia explica que las familias hacen "compensaciones calculadas" entre asequibilidad y riesgo — que es una forma elegante de decir que prefieren apostar con la naturaleza que no vivir en ningún lado.

La reubicación no es una opción porque la ciudad no tiene dinero. Cuando los funcionarios dicen a la gente que se mude, la respuesta es: "¿Adónde?" La única respuesta honesta es: "Prueba en otro planeta".

En 2025, Ayacucho publicó un plan para mejorar los servicios y gestionar los riesgos de desastres. Están nivelando carreteras y construyendo zanjas de drenaje — pero debido a las tuberías de agua existentes, las zanjas tienen que ser poco profundas, y los residentes tienen que guiar las máquinas para evitar destruir la infraestructura. Los líderes comunitarios están alquilando camiones de volteo y organizando voluntarios. Incluso hay un plan para un parque.

Integrar Mollepata a la ciudad costará 530 millones de soles (unos 116 millones de libras) — casi cinco veces el presupuesto anual de Ayacucho. Una lista más corta de proyectos prioritarios es de 460 millones de soles. Pero bueno, es un comienzo.

Mientras tanto, nuevos asentamientos siguen apareciendo en pendientes pronunciadas y orillas de ríos. Prado dice que la situación "se está volviendo crítica". Pero Castro tiene esperanza: los funcionarios se ensuciaron las botas visitando Mollepata. "Ven cómo vivimos aquí", dice. El progreso es lento, sucio y caro — pero al menos alguien está caminando en el lodo.