Cuando John Hajdu tenía tres años, sus padres le regalaron un osito de peluche lo suficientemente pequeño como para caber en sus manos. Ochenta y seis años después, ese oso es el único objeto que sobrevive de su infancia —y está a punto de convertirse en una exhibición de museo, porque aparentemente nada dice 'infancia interrumpida' como un animal de peluche que sobrevivió a los nazis.

A partir del 31 de julio, 'teddy' (nombre creativo, John) se exhibirá públicamente por primera vez en la nueva exposición del Museo Imperial de la Guerra, Infancia en Guerra. El oso estará en una recreación de un dormitorio de la Segunda Guerra Mundial, rodeado de juguetes, libros y pertenencias personales que invitan a los visitantes a reflexionar sobre qué sucede cuando el juego, la educación y la vida familiar son interrumpidos bruscamente por un conflicto global.

La historia de Hajdu incluye a su padre enviado a un campo de trabajo, a su madre a un campo de concentración, y él mismo escondido en un armario de un vecino antes de terminar en el gueto de Budapest. 'No había absolutamente ninguna posibilidad de ser un niño', dice, lo cual es quedarse corto. Estaba aislado, prohibido de parques, cines, piscinas o cafés —básicamente cualquier lugar donde un niño pudiera divertirse.

La exposición no se detiene en la Segunda Guerra Mundial. Incluye un vagón de ferrocarril a tamaño real, un aula de guerra, una sala de estar de la Guerra Fría y testimonios de niños que actualmente viven conflictos en Ucrania, Sudán y Afganistán. Porque aparentemente no hemos aprendido lo suficiente de la historia como para dejar de hacer nuevas exhibiciones.

Hay cómics que advierten sobre minas terrestres, un jersey rojo de punto del Kindertransport y un poema de una niña afgana de 15 años que vio regresar al poder a los talibanes: 'Fui testigo de cómo ese día oscureció no solo el cielo de Kabul, sino también los sueños y esperanzas de tantos'. Cosas profundas.

La madre de Hajdu sobrevivió al campo de concentración de Mauthausen pero regresó con costillas rotas, dientes destrozados y cicatrices psicológicas duraderas. Después del levantamiento húngaro, Hajdu y su madre caminaron 40 km y cruzaron un río helado para llegar a Austria, llegando finalmente a Gran Bretaña en 1957 con el osito a cuestas.

Ahora abuelo de cuatro, Hajdu pasa su tiempo dando charlas en escuelas sobre cómo sobrevivió al Holocausto. 'Mi pequeña historia es un ejemplo de que se puede sobrevivir', dice. 'Es absolutamente vital que la generación más joven asuma lo que estamos haciendo'.

En cuanto al osito, dejar su hogar por primera vez ha sido sorprendentemente difícil. 'Me cuesta mirar el escritorio donde normalmente se sienta', admite Hajdu. Pero el oso ya está listo para su primer plano, demostrando que incluso los objetos más pequeños pueden llevar el peso de la historia —y que el plan de jubilación de un osito de peluche puede ser sorprendentemente movido.