En 2019, el ecólogo Prof. Thomas Crowther casi dinamita su carrera al declarar que la restauración forestal natural era la "mejor solución al cambio climático" disponible en un artículo revisado por pares en Science. Un colega del Fondo Mundial para la Naturaleza le advirtió que esto era un suicidio profesional, argumentando que reducir las emisiones era la prioridad real. Crowther estuvo de acuerdo entonces y ahora, pero aclaró que "mejor" no solo significaba supremacía en absorción de carbono. Significaba la opción que también mejora los medios de vida y el bienestar humano, lo que, resulta, ayuda a que todo se acumule de buena manera.

Mucha gente cree que necesitamos una enorme brujería tecnológica, geoingeniería o una revisión económica para arreglar el clima. Pero la mayoría de esas opciones conllevan dolorosas compensaciones. La inyección de aerosoles estratosféricos, por ejemplo, podría bloquear el sol y enfriar la tierra, pero también alterar los patrones de luz solar y lluvia, arruinando potencialmente los cultivos. La captura directa de carbono del aire puede eliminar CO2, pero sus costos financieros y energéticos son actualmente tan prácticos como un submarino solar.

Las soluciones basadas en la naturaleza, sin embargo, no tienen compensaciones cuando se hacen bien. Restaurar hábitats como bosques aprovecha antiguos bucles de retroalimentación: procesos autorreforzantes que, hace entre 3.8 y 4.2 mil millones de años, convirtieron un planeta tóxico en un Edén exuberante. Los mismos bucles ahora amenazan con llevar a la Tierra al caos: la explotación impulsa el calentamiento, que libera más carbono, que impulsa más calentamiento. Pero el poder del bucle también puede aprovecharse para la recuperación.

Ejemplo A: el parque nacional Iberá en Argentina, donde la reintroducción de jaguares recortó las manadas de herbívoros hinchadas, permitiendo que las plantas de los humedales se recuperaran. Esas plantas atrapan la humedad y albergan especies, convirtiendo el área en un espectacular sumidero de carbono. En cuestión de años, los caimanes tomaban el sol, los guacamayos destellaban y las nutrias gigantes patrullaban. No todos los arreglos naturales funcionan: las plantaciones de monocultivos y las turberas drenadas a menudo resultan contraproducentes, pero el éxito llega cuando la biodiversidad local impulsa los medios de vida locales. En Iberá, el ecoturismo creó una "economía de restauración" que emplea guardabosques, chefs y guías.

Historias similares surgen en todo el mundo: en Saseri, norte de India, la gestión estratégica del suelo y la restauración de árboles mejoraron los rendimientos de más de 1,200 agricultores. En Gujarat, mujeres indígenas restauraron manglares, protegiendo 12 aldeas costeras de la erosión mientras impulsaban la pesca y los cultivos. Crowther argumenta que no necesitamos innovación notable ni gran sacrificio, solo redirigir menos del 1% del PIB global hacia los administradores de tierras rurales. Eso podría capturar cientos de millones de toneladas de CO2, y también revivir la esperanza, la alegría y la inspiración. Lo cual, en un delicioso bucle de retroalimentación, podría salvar el planeta.