Los humanos tenemos una peculiaridad cognitiva por el número tres. Piensa en las muchas historias que lo utilizan, desde Los tres cerditos hasta Ricitos de Oro y los tres osos y Los tres mosqueteros. La información pública y las campañas políticas lo usan por su impacto y facilidad de recuerdo ("Alto, mire y escuche"; "Véalo. Dígalo. Resuelto"; "Reducir, reutilizar, reciclar"). Y luego están los marcos psicológicos o filosóficos: Freud con su ello, yo y superyó; las tres partes del alma humana de Platón; la Santísima Trinidad.

Pues resulta que la neurociencia no es inmune a la tri-manía. En 1959, Paul D. MacLean propuso una nueva forma de pensar sobre la evolución y función del cerebro, que bautizó como el modelo "triuno" —tres en uno—. Rápidamente se convirtió en uno de los conceptos más conocidos y duraderos de la biología humana. Su idea era que un trío de cerebros distintos están apilados dentro de nuestro cráneo, uno encima del otro, todos luchando por generar nuestros sentimientos y pensamientos.

Es una analogía poderosa que capturó la imaginación popular, pero la realidad biológica es bastante diferente. Así que, antes de culpar a tu lagartija interior por esa tercera porción de pastel, quizás considera que la lagartija nunca estuvo realmente ahí para empezar.