En la costa noroeste de África, a unos 240 kilómetros al sur de las Islas Canarias, hay un saliente llamado Cabo Bojador. Para los europeos de principios del siglo XV, esto era la pegatina cósmica de "Usted está aquí": al norte estaba la civilización y las ciudades de luz; al sur, el Mar de las Tinieblas, con mares hirvientes, criaturas gigantes y malas vibras perpetuas. Ningún marinero había ido al sur y regresado, porque aparentemente lo desconocido era aterrador y además estaba lleno de monstruos.

Entra el Príncipe Enrique de Portugal, quien entre 1424 y 1434 envió 14 expediciones para rodear el cabo. Las 14 fracasaron, porque el miedo y el mal tiempo son una combinación difícil. Pero en el decimoquinto intento, el explorador Gil Eannes rodeó el cabo con un amplio margen, navegó hacia el oeste y —sorpresa— vivió para contarlo. Incluso desembarcó en una bahía millas al sur y vio huellas de humanos y camellos, demostrando que el Mar de las Tinieblas era en realidad solo otro martes.

El triunfo del Príncipe Enrique inició la Era de los Descubrimientos, mejoró la cartografía y abrió nuevas rutas comerciales. Pero más importante aún, expandió nuestra perspectiva: de la geografía, de las posibilidades y de nuestro lugar en el mundo. Y como cualquier niño pequeño te dirá (alrededor de los 2 años, cuando empiezan a decir "mío" y "yo"), la perspectiva comienza temprano. De los padres a la guardería al vecindario, gradualmente descubrimos lo que contiene el mundo. Sin embargo, más del 20 por ciento de los estadounidenses nunca ha viajado al extranjero, y más de la mitad vive en el estado donde nació. Tanto para la perspectiva global.

En el último siglo, la astronomía y la biología nos han volado la mente aún más. Hemos aprendido que nuestro sistema solar está en las afueras de la Vía Láctea, una galaxia de 100 mil millones de estrellas que la luz (a 300,000 kilómetros por segundo) tarda 100,000 años en cruzar. Y hay otras galaxias. Muchas. La mente se tambalea, como una hormiga en la Ciudad de Nueva York contemplando un viaje a San Francisco. Nuestras casas, puentes y ciudades son una mota en una partícula de polvo en un grano de arena en una vasta playa. Te haces una idea.

En cuanto al tiempo, el universo comenzó hace unos 14 mil millones de años, aproximadamente 100 millones de vidas humanas. Nuestras vidas individuales son momentos fugaces en este gran despliegue. Todo pasa: Sumeria, Egipto, la antigua Grecia y Roma, Tenochtitlán, Port Royal, el pueblo inglés de Dunwich. Todo desaparecido. Lo que vemos hoy también desaparecerá, porque el universo no tiene apego sentimental a tu cafetería favorita.

Pero aquí está el verdadero golpe: lo improbable que eres. Los avances en biología muestran que las instrucciones para crear cada humano están codificadas en el ADN. Hay más combinaciones posibles de ADN humano que átomos en el universo observable. Cada mujer tiene alrededor de 300,000 óvulos; cada eyaculación masculina tiene alrededor de 300 millones de espermatozoides. Así que cada concepción implica alrededor de 100 billones de combinaciones posibles. Solo una llevó a ti. Para visualizarlo: toma una regla que se extienda desde aquí hasta Plutón. Una pulgada de esa distancia eres tú. El resto son todos los otros humanos que podrían haber sido pero nunca fueron. Felicidades: has ganado una lotería con 100 billones de participantes.

Estar vivo es el golpe de suerte más extraordinario que jamás experimentaremos, y también el más fácil de pasar por alto. Nos despertamos, tomamos café, enviamos a los niños a la escuela, nos preocupamos por los plazos y olvidamos que debajo de todo yace la existencia misma, tan improbable que roza lo milagroso. Posponemos la alegría, asumiendo que siempre habrá más tiempo. No notamos la belleza en los pequeños momentos. El autor señala esto, mientras reconoce que en nuestro mundo frenético, muchos no tienen el lujo de hacer una pausa.

Y aquí está el giro: nunca habrá otro tú en el futuro del universo. (Disculpas a budistas e hindúes que creen en el renacimiento, pero incluso el renacido no es el mismo.) Desde hace miles de millones de años hasta dentro de miles de millones, el universo nunca volverá a ver otro tú. No podríamos haber comprendido esta perspectiva hace un siglo, pero ahora la tenemos, no a través de barcos, sino a través de laboratorios, telescopios y nuestras mentes.

Entonces, ¿qué hacer con esta existencia fantásticamente improbable? El autor sugiere gratitud.