Un alma sabia explicó una vez que la carrera de todo director notable es esencialmente una larga y continua charla con el público. Algunos cineastas, como Michael Haneke, se sientan en lo alto como un severo director de escuela, señalando los fracasos de todos. Otros, como Lars von Trier y Ari Aster, se acercan incómodamente, tocan al espectador y luego desaparecen riéndose antes de que alguien pueda llamar a seguridad. La carrera de Steven Spielberg —sin duda la más notable en la historia del cine popular— siempre ha dependido de que el público esté en la misma sintonía, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos y sin malicia hacia la luz. Sus mejores películas, desde Encuentros Cercanos hasta Los Fabelman, invitan a un asombrado intercambio de ideas.

Así que se entiende por qué Spielberg se metió en la división social con Disclosure Day, su tan esperado regreso al cine de verano. Tiene casi tanto en juego como el resto de nosotros, los no trillonarios. Sin embargo, la taquilla inicial, aunque sólida, ha ido acompañada de índices secundarios —en concreto, una avalancha de mensajes decepcionados de amigos y seres queridos— que sugieren que la película es claramente polarizante. En Estados Unidos, la empresa de investigación de mercado CinemaScore, que encuesta a los espectadores del día de estreno para medir las perspectivas comerciales, calificó Disclosure Day con un B, la segunda peor nota para una película de Spielberg, solo superada por la dura C de Inteligencia Artificial, y empatada con Indiana Jones y el Dial del Destino. El director Haneke vuelve a menear su cansada cabeza.