En 2003, un viajero solitario por el sudeste asiático aprendió una valiosa lección: siempre empacar bocadillos. El viajero, que permanece sin nombre, conoció a Paul, un estadounidense con una 'calidez natural y despreocupada', en un albergue juvenil en el sur de Tailandia. Cuando el personal mencionó una hermosa cascada 'no lejos', los dos decidieron caminar hasta allí, esperando un paseo tranquilo de una hora. No llevaron comida. Un error, como resultó, de proporciones épicas.

Cuatro horas de denso follaje, escalada de enredaderas y juventud ingenua después, encontraron la cascada: una 'piscina brillante' que hizo que la odisea pareciera casi valer la pena. Se lanzaron al agua, se rieron de su mala estimación del tiempo y emprendieron el regreso. Fue entonces cuando todo se torció. En cuestión de minutos, el viajero comenzó a tropezar, luego se confundió y no pudo responder preguntas simples. En retrospectiva, el hambre y la deshidratación fueron los culpables, pero en ese momento, era simplemente aterrador.

Entonces Paul hizo algo inesperado: alzó al viajero sobre su espalda y lo llevó a través del bosque. Cuando las fuerzas de Paul flaquearon, rebuscó en la mochila del viajero, encontró viejos sobres de azúcar y sal, y preparó un elixir de rehidratación improvisado, una bebida que haría sentir orgullosa a cualquier empresa de bebidas deportivas. Le dio al viajero la fuerza suficiente para continuar cojeando.

Horas más tarde, cerca del albergue, el viajero resbaló en una roca suelta y se torció un tobillo. Paul nuevamente lo levantó, lo llevó más cerca, luego corrió en busca de ayuda, regresando en una motocicleta para transportar al viajero el resto del camino. Paul regresó solo caminando. Se fue al día siguiente, para no ser visto nunca más.

¿Paul salvó la vida del viajero? El viajero dice que sí, y nos inclinamos a estar de acuerdo. Además, un mensaje de servicio público: si vas a perseguir cascadas en la selva tailandesa, lleva agua, comida y quizás un sherpa.