En un acontecimiento que no sorprenderá a nadie que haya intentado llevar la cuenta de algo, un poeta ha asumido la lúgubre tarea de contar a los muertos. El poeta, cuyo nombre no se nos da (quizás porque se ha convertido en uno con los números), informa que los muertos siguen multiplicándose, lo cual es inconveniente para alguien que intenta mantener un recuento exacto.

El poeta se despierta cada mañana con una misión singular: contar a los muertos. Cuenta los muertos de hoy, los de ayer y, en un movimiento audaz, intenta contar los del año pasado, solo para perderlos. Es una tarea de Sísifo, y el poeta lo sabe. "¿Qué importa siquiera?", pregunta, lo cual es una pregunta justa cuando tu rutina diaria implica intentar poner caras a los difuntos mientras también intentas ocultar los números bajo papel.

La casa está en silencio, excepto por el sonido de contar. El poeta se cubre de números, intentando quedarse quieto, pero los narcisos afuera insisten en florecer, lo cual es simplemente grosero. Un hombre en la casa pregunta: "¿Qué estás haciendo?". El poeta, naturalmente, dice oraciones e intenta anclar a los muertos con caras, porque eso siempre funciona.

El poeta condena a los muertos por su total indefensión, lo cual parece duro, pero el duelo hace decir cosas a la gente. No escatiman números, contando tanto a los muertos como a los que están por morir, porque ¿por qué no? Cuando la vida quita más, el poeta guarda a los muertos dentro, lo cual suena poético y profundamente incómodo a la vez.

Finalmente, el poeta mueve las manos como si contara a los muertos, alterándolos en el proceso, lo cual es una habilidad que todos quisiéramos aprender. Pero el conteo continúa, a través de la luz de la mañana y las alfombras gruesas, porque ¿qué más se puede hacer? El poeta concluye que contar es una forma de manejar las cosas, aunque no ayude realmente. Y eso, queridos lectores, es el estado de las cosas.