El occidente de El Salvador tiene mucha personalidad volcánica. Cerca de la ciudad de Ahuachapán, el terreno parece haber perdido una pelea contra un gigantesco tratamiento contra el acné: lleno de cráteres y cubierto de flujos de lava recientes. Mientras tanto, un campo geotérmico ha estado ocupado alimentando géiseres, calentando piscinas minerales y operando una planta de energía que funciona desde 1975. Todo esto se asienta sobre el Arco Volcánico Centroamericano, una franja de 1,000 kilómetros (600 millas) de inquietud geológica que se extiende desde Guatemala hasta Panamá.

A la derecha, el Santa Ana se eleva a 2,381 metros (7,812 pies), convirtiéndolo en el volcán más alto del país. Su cumbre presenta crestas en forma de media luna que rodean un lago de cráter caliente y ácido en el que definitivamente no querrías nadar. El Santa Ana ha estado teniendo berrinches pequeños a moderados desde el siglo XVI, con su erupción notable más reciente en 2005, que envió una densa columna de gas y ceniza hacia el cielo y lahares por sus laderas como trineos fangosos y destructivos.

En 1770, el Santa Ana decidió formar una familia. El Izalco, un estratovolcán de laderas empinadas, creció en su flanco sur a través de erupciones frecuentes durante los siguientes dos siglos. Sus erupciones estrombolianas regulares y fuentes de lava le valieron el apodo de "Faro del Pacífico", porque los marineros podían ver sus emisiones brillantes por la noche. Lamentablemente, el faro se ha atenuado desde entonces: la actividad más reciente del Izalco fue en 1966.

La Cordillera de Apaneca se arquea a través de la escena con picos boscosos y llenos de hoyuelos. No se han registrado erupciones aquí en los últimos 11,700 años —vaya siesta larga— pero la actividad geotérmica persiste en forma de fumarolas, aguas termales y respiraderos de vapor. Ese vapor puede volverse mortal: una explosión en octubre de 1990 cerca del volcán Laguna Verde mató a personas, y una erupción de vapor en 2025 cerca de un popular balneario de aguas termales forzó evacuaciones y dañó infraestructura. Porque incluso relajarse en una fuente termal no está a salvo del sentido del humor de la geología.

A pesar de los peligros, el calor de la región se ha aprovechado bien. La Planta Geotérmica de Ahuachapán ha estado operando desde 1975, aprovechando aguas subterráneas calentadas a unos 250 grados Celsius (480 grados Fahrenheit) y sistemas de fallas locales. A principios de la década de 1980, generaba el 40 por ciento de la electricidad de El Salvador. Algunos académicos señalan que este pico de producción coincidió con disturbios civiles y crecimiento poblacional, demostrando que incluso la energía geotérmica no puede escapar de enredarse en el drama humano.

Imagen del Observatorio de la Tierra de la NASA por Michala Garrison, utilizando datos Landsat del Servicio Geológico de los Estados Unidos. Historia de Lindsey Doermann.