En el otoño de 2005, Tony Blair pronunció uno de sus discursos más desquiciados, declarando la globalización tan inevitable como el otoño tras el verano y advirtiendo de que las oportunidades solo van a quienes son 'rápidos para adaptarse, lentos para quejarse'. Cualquiera de las zonas desindustrializadas de Gran Bretaña probablemente se lo tomó como otro puñetazo en la cara: llevaban décadas adaptándose y tambaleándose, sin rastro de la prosperidad del siglo XXI que Blair prometió. Ahora, con las minas convertidas en parques comerciales y la manufactura en horas bajas, el problema es enorme. Pero al menos el futuro primer ministro lo ve, y en eso hay esperanza. John Harris es columnista de The Guardian.