A Andy Burnham siempre le ha gustado caer bien. Allá en los años 80, en su instituto cerca de Liverpool, caminaba sobre la cuerda floja entre ser un buen estudiante y uno más de la pandilla, según recuerda en su autobiografía-manifiesto, *Head North*. Ahora, como nuevo líder de un país dividido, intenta el mismo acto de equilibrio a escala nacional: apelar a intereses opuestos mientras exhibe su marca optimista. "Construyamos un nuevo sentido nacional de unidad, de propósito común y positividad", gorjeó en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street. Tras una década post-Brexit de política derechista airada, luchas internas laboristas y guerras culturales interminables, el discurso afable y aparentemente inclusivo de Burnham tiene un fuerte atractivo inicial. Esta semana, el Partido Laborista supera a Reform UK en las encuestas por primera vez en 18 meses. Quizás algunos votantes ya se han hartado de la política divisiva y les apetece probar algo diferente. Pero el instinto de Burnham de no molestar a la gente choca con su deseo de toda la vida de lograr un cambio transformador. La pregunta es: ¿sobrevivirá su forma de complacer a las masas a la inevitable necesidad de hacerse enemigos?