En 2005, la publicista de Warner, Liz Rosenberg, declaró que Madonna nunca reflexiona, siempre avanza. Pero después de un accidente a caballo que la dejó postrada, resurgió 'como una bala de una pistola' con Confessions on a Dance Floor, un glorioso álbum disco que, hasta la semana pasada, seguía siendo su último gran disco. Ahora, Madonna ha pulsado el botón de rebobinar para avanzar, y bajo los temazos burbujea una serie de recuerdos cargados de emoción.

Madonna siempre ha sido militarmente antinostalgia, pero empujar constantemente hacia adelante a menudo ha resultado contraproducente. Su producción de los 2010 —desde el funk musculoso de Hard Candy hasta el Madame X que abarcaba el mundo— fue inconsistente y confusa. Dejar Warner Records en 2007 inició el declive: los lucrativos acuerdos con Live Nation e Interscope trajeron presión para recuperar la inversión, lo que llevó a campamentos de composición y producción por comité. Como Madonna se quejó a Rolling Stone en 2015, 'trabajar con gente que no puede dejar el teléfono, no puede dejar de twittear, no puede concentrarse y terminar una canción'.

Ahora, una mirada atrás a Confessions ha revitalizado su música, produciendo su álbum más vital en dos décadas. ¿Quién iba a decir que la nostalgia podía ser tan productiva?