Bridie Jabour pensaba que era una madre ambivalente, hasta que su hijo Cormac desarrolló una severa tartamudez, y se encontró haciendo terapia diaria con él durante 18 meses, lo que resultó ser lo opuesto a la ambivalencia.

Todo comenzó cuando Cormac tenía tres años, y parecía perder la capacidad de hablar de la noche a la mañana. Pasó de ser hablador a luchar con cada frase: 'Q-q-q-q-q-q-q-q-q-q-¿p-p-p-p-p-p-p-p-p-p-puedo-i-i-i-i-i-i-i-i-i-i' - y luego el silencio. Jabour, quien bromea sobre su estilo de crianza de 'negligencia benigna', inicialmente lo descartó. Pero después de una lista de espera de seis meses a través de NSW Health, la tartamudez empeoró drásticamente en una semana, lo que llevó a una clasificación 'severa' y al Programa Lidcombe, un tratamiento basado en evidencia que requiere terapia diaria por un solo padre.

Jabour asumió el papel, porque su esposo tenía un nuevo trabajo y ella tenía flexibilidad. La terapia era, en sus palabras, 'muy molesta', pero perseveró a través del agotamiento, el mal humor y la regresión cuando faltaba días. Después de 18 meses, Cormac hablaba con fluidez, un 'milagro' que en realidad era el producto de la perseverancia y métodos respaldados por evidencia.

Durante este período, un profesor llamó a Jabour una 'madre educada y ansiosa', lo que inicialmente rechazó, aferrándose a su autoimagen ambivalente. Pero se dio cuenta de que había confundido sentimientos comunes y ordinarios sobre la maternidad - estallar, odiar las clases de natación, resentir la recogida - con una ambivalencia genuina. No era ambivalente; era una madre que se preocupaba profundamente, incluso cuando no disfrutaba cada momento.

Esta realización reformó su escritura, que se había centrado en un personaje de madre ambivalente en su novela (ya disponible). El personaje evolucionó de un arquetipo 'tóxico' a un ser humano completo. Jabour concluye: 'No necesitamos ser perfectos para ser buenos.' Y también, aparentemente, para escribir una novela mientras se hace terapia del habla diaria.