Mientras caminaba por el Valle del Dadès en Marruecos, la Dra. Rowan Martindale notó algo tan inusual que inmediatamente captó su atención. Martindale, paleoecóloga y geobióloga de la Universidad de Texas en Austin, exploraba con otros investigadores, incluido Stéphane Bodin de la Universidad de Aarhus, para investigar ecosistemas de arrecifes antiguos. Para llegar a esos arrecifes, tuvieron que cruzar capas de roca llamadas turbiditas: depósitos de avalanchas submarinas. Las marcas de ondulación son comunes allí, pero Martindale notó algo encima: estructuras de arrugas, pequeñas crestas y depresiones formadas por tapetes microbianos.

Las estructuras de arrugas son evidencia de vida microbiana antigua, pero son frágiles. Una vez que los animales comenzaron a excavar en los sedimentos del fondo marino hace cientos de millones de años, estas características solían destruirse. Como resultado, son raras en rocas más jóvenes de unos 540 millones de años y se encuentran principalmente en ambientes costeros poco profundos donde la luz solar favorece a las algas fotosintéticas. Sin embargo, las rocas que Martindale examinaba se formaron en aguas profundas, al menos 180 metros (590 pies) bajo la superficie, donde la luz solar no llega. Eso es un problema: si los microbios dependientes de la luz solar no pudieron crearlas, ¿qué lo hizo?

Las turbiditas se formaron hace aproximadamente 180 millones de años, cuando los animales del fondo marino eran abundantes y perturbaban constantemente el sedimento, exactamente el tipo de actividad que destruye las texturas microbianas. Todo indicaba que esas estructuras de arrugas no deberían estar allí. Martindale y su equipo se propusieron confirmar tanto el ambiente como el origen biológico. Verificaron que las capas eran turbiditas de aguas profundas, luego encontraron concentraciones elevadas de carbono debajo de las arrugas, una firma química de actividad biológica.

Volviendo a los océanos modernos, los investigadores encontraron imágenes de video de sumergibles operados remotamente que mostraban tapetes microbianos formándose muy por debajo de la zona fótica, impulsados por bacterias quimiosintéticas que usan reacciones químicas en lugar de luz solar. El equipo concluyó que habían identificado estructuras de arrugas quimiosintéticas en el registro rocoso. Su explicación propuesta: los flujos de turbiditas transportaron nutrientes al fondo marino profundo; a medida que la materia orgánica se descomponía, los niveles de oxígeno disminuyeron, creando condiciones para los microbios quimiosintéticos. Entre los flujos de escombros, los tapetes bacterianos se extendieron y desarrollaron arrugas, ocasionalmente siendo enterrados y preservados.

Martindale espera que futuros experimentos de laboratorio aclaren cómo se forman estas estructuras en aguas profundas. El descubrimiento sugiere que los geólogos pueden necesitar revisar ambientes previamente descartados como improbables para preservar evidencia de vida microbiana antigua. "Las estructuras de arrugas son piezas de evidencia realmente importantes en la evolución temprana de la vida", dice Martindale. Al ignorar su posible presencia en turbiditas, "podríamos estar perdiéndonos una pieza clave de la historia de la vida microbiana".