La idea de que algún día José Mourinho pudiera regresar al Bernabéu había estado en el aire, aunque no como una posibilidad seria. Ahora lo imposible es probable. La última vez que Mourinho estuvo en el Santiago Bernabéu, se estacionó en el autobús. Aquella noche de finales de febrero, el entrenador del Benfica estaba suspendido —una tarjeta roja del partido de ida del playoff de la Champions League le impedía estar en la banda que había recorrido hace 13 años y toda una vida. El Real Madrid preparó una cabina de prensa para que viera el partido: la Cabina Nº 6 en el octavo piso, radio española a la izquierda, portuguesa a la derecha, abastecida con frutos secos, fruta, ensalada y sándwiches de jamón. Al acercarse el inicio del partido, una multitud se agolpó junto a la puerta, con teléfonos listos para grabar. Pero Mourinho nunca apareció. En lugar de eso, se quedó en el sótano, 10 pisos más abajo, viendo el partido en un iPad a bordo del autobús y dejando la rueda de prensa posterior al partido a su asistente, João Tralhão. La próxima vez que venga —que podría ser tan pronto como termine esta temporada— probablemente será diferente. Está a punto de ser recibido como un salvador y como su entrenador ahora, no escondido. Durante un tiempo, su nombre ha sido el único candidato que se ha mantenido constante y nunca descartado desde dentro, pareciendo más real cada día.