El consejo habitual no me llevaba a ninguna parte. Si de verdad quería abrazar el running, tendría que salirme del camino trillado. Fue un viaje que me llevó a lugares muy extraños...

Siempre he odiado correr. Lo he intentado varias veces en el pasado, incluso lo logré durante una o dos semanas, y luego lo dejé. Odiaba el exceso de dolor, la mínima ganancia. Nunca experimenté el subidón del corredor, solo el bajón. Despreciaba el clima, lloviera o hiciera sol, y el hecho de tener que estar a la intemperie. Pero sobre todo odiaba el trote monótono, el tedio, la pura banalidad de la carrera. ¿Es así como elegiría pasar mi preciosa vida?

Entonces, una vieja lesión de fútbol volvió con venganza. Los médicos me habían reconstruido la rótula, añadido titanio y me habían vuelto biónico. Pero no habían previsto a Natasha Bedingfield, a medianoche en una boda, y la extremidad de mis movimientos de baile. Mi rótula se fue de paseo. Empezó a engancharse y a hacer clic-clac, como castañuelas. Un fisioterapeuta pronto me dio la noticia que siempre temí: tenía que empezar a correr, al aire libre, en serio y con frecuencia.