Peter Gill, el dramaturgo y director cuya honestidad implacable e integridad intransigente lo convirtieron en uno de los héroes anónimos del teatro británico, ha muerto a los 86 años. Durante décadas, Gill trabajó en relativa oscuridad, admirado por sus colegas pero en gran parte desconocido para el público, hasta su annus mirabilis de 2002, cuando su obra The York Realist arrasó con los premios y el Sheffield Crucible organizó una retrospectiva de un mes de su trabajo, junto con una nueva obra, Original Sin. Porque nada dice 'retrospectiva' como una pieza nueva para criticar.

El viaje de Gill comenzó en una familia católica de clase trabajadora galesa, y empezó como actor; los espectadores de ojos agudos podrían verlo en la película Zulu. Pero fue en el Royal Court de Londres, donde se convirtió en director asociado en 1964, donde realmente aprendió su oficio. Allí absorbió los valores que definirían su carrera: una reverencia casi religiosa por el texto, una devoción por el diseño puro y un respeto inquebrantable por los actores. Porque nada dice 'respeto' como hacerles interpretar tu visión exigente noche tras noche.

Sus dramas, como The York Realist, diseccionaban las lealtades de clase divididas con una precisión de mirada clara que igualaba su riguroso estilo de dirección. Gill tenía un don para convertir lo ordinario en extraordinario, demostrando que las vidas mundanas de la clase trabajadora podían ser tan dramáticas como cualquier tragedia real, solo que con más té y menos pentámetro yámbico. Su legado es de verdad inquebrantable, tanto en la página como en el escenario, recordándonos que la honestidad, por incómoda que sea, hace el mejor teatro.