El candomblé, la tradición religiosa y musical brasileña nacida de los ritmos de los esclavos africanos occidentales en el siglo XIX, está teniendo su momento de archivo. El sello con sede en Atenas, Flee, ha desenterrado grabaciones de campo de una comunidad de Salvador a finales de los 80, capturando la barrida polirrítmica que induce la posesión espiritual. La cara A es una cápsula del tiempo borrosa y siseante: voces superpuestas en Ossaim, una voz masculina quejumbrosa en Xangô, y una batería tan infecciosa que querrás poseerte tú mismo. Ogum trae un traqueteo de clave, mientras Entrada dos Orixás se mece con un swing de tempo medio como olas ondulantes. Está fragmentado, pero los tambores son implacables.

La cara B deja sueltos a los productores modernos sobre esta mina de oro rítmica. DJ Anderson do Paraiso convierte Festa Iansã en un baile funk escaso, Vincent Taeger superpone breakbeats de batería en una odisea funk en O Santo da o Nome, Xexa ralentiza las cosas hasta una ambiencia de dub en Pluralidades, y Jonas Albrecht apila loops en un épico techno de siete minutos en All My Love. Flee consolida su reputación como el sello de archivo más imaginativo, transformando ritmos sacramentales en rituales de pista de baile.

También este mes: el productor mexicano Debit lanza Potpourri (Naafi), que mezcla folk latino con bajo de club, con sintetizadores trance y ritmo de guaracha; el brasileño Lau Ro publica su álbum homónimo (Mexican Summer), que ofrece bossa nova bañada por el sol con reverberación psicodélica; y el productor francés Akusmi presenta Terra Incognita (Tonal Union), que actualiza el jazz espiritual con un elenco estelar que incluye al percusionista Sarathy Korwar y la arpista Marysia Osu.