Dormir. Hacer ejercicio. Comer bien. Es la recomendación más antigua en medicina, repetida tan a menudo que se ha convertido en un cliché. Conocemos el consejo, aunque no siempre lo seguimos. Pero, ¿alguna vez te has detenido a preguntarte por qué estos tres hábitos aparentemente diferentes tienen efectos tan notablemente similares en nuestro cerebro y cuerpo?

Durante generaciones los hemos tratado como prescripciones separadas: el sueño nos restaura, el ejercicio nos fortalece y la comida nos da energía. Sin embargo, la neurociencia está empezando a sugerir algo bastante más elegante: todos están haciendo esencialmente el mismo trabajo.

Lo que ha cambiado no son las recomendaciones en sí, sino nuestra comprensión de la biología que las sustenta. Cuanto más estudian los científicos el cerebro, más claro queda que la cognición es asombrosamente intensiva en energía. Aunque el cerebro constituye aproximadamente el 2% del peso corporal, utiliza alrededor de una quinta parte de la energía del cuerpo en reposo. Cada recuerdo que recuperamos, cada decisión que tomamos y cada idea creativa conlleva un costo metabólico. El pensamiento en sí es un acto que consume mucha energía.

Eso plantea una pregunta obvia: ¿de dónde viene toda esa energía? La respuesta se encuentra en lo profundo de la historia evolutiva. Hace más de 2 mil millones de años, una célula primitiva engulló una bacteria. En lugar de ser digerida, la bacteria permaneció, formando una asociación a largo plazo con su huésped.

Con el tiempo, este arreglo se convirtió en una de las alianzas más importantes de la biología. La bacteria se volvió notablemente eficiente en capturar la energía química almacenada en los alimentos y transformarla en ATP, la molécula que impulsa casi todos los procesos biológicos. El huésped ofrecía protección, y juntos hicieron posible la vida compleja.

Esa asociación todavía funciona dentro de nosotros hoy en día. Las mitocondrias, descendientes de esa antigua bacteria, existen en casi todas las células del cuerpo. La excepción es el glóbulo rojo maduro, que las elimina para hacer espacio a la hemoglobina y mejorar el transporte de oxígeno. Incluso aquí, la biología revela su lógica: todo está moldeado por compensaciones en la eficiencia energética.

Durante décadas, las mitocondrias fueron presentadas en los libros de texto de biología como las "centrales eléctricas" de la célula: importantes, confiables pero bastante aburridas. Las estrellas del espectáculo eran innegablemente las neuronas. Hoy, esa imagen está cambiando.

Estamos descubriendo que las neuronas producen pensamientos, ideas y emociones solo porque las mitocondrias transforman continuamente el combustible en la energía que necesitan. La inteligencia no depende simplemente del cableado del cerebro, sino del flujo ininterrumpido de energía a través de ese cableado. Este es un cambio sutil de perspectiva, pero importante.

La evidencia emergente sugiere que la función mitocondrial saludable ayuda a dar lugar a la inteligencia, incluyendo impulsar la aritmética y la velocidad de procesamiento, la memoria de trabajo, un envejecimiento cerebral más saludable y una mayor resiliencia al estrés. Las mitocondrias ya no se ven como baterías pasivas, sino como participantes activos en el delicado acto de equilibrio que permite al cerebro adaptarse, aprender y florecer a lo largo de la vida.

De repente, el consejo de salud más antiguo comienza a tener mucho más sentido. El ejercicio no solo aumenta la masa muscular, sino que también agranda el hipocampo, una región clave del cerebro involucrada en el aprendizaje y la memoria. También alienta a las mitocondrias a volverse más numerosas y eficientes. A menudo imaginamos que estamos entrenando nuestros cuerpos; también estamos fortaleciendo el antiguo sistema de energía que permite que nuestros cerebros funcionen.

El sueño realiza un tipo diferente de mantenimiento. Mientras estamos inconscientes, el cerebro está asombrosamente ocupado. Los recuerdos se consolidan y los componentes celulares desgastados, incluidas las mitocondrias, se reparan o reemplazan. Así que en lugar de pensar en el sueño simplemente como descanso, podemos concebirlo, al menos en parte, como un turno de mantenimiento mitocondrial, destinado a preparar el cerebro para otro día de aprendizaje activo, adaptación e imaginación.

Luego está la comida. Las mitocondrias dependen completamente de lo que comemos para realizar su notable química. La calidad de ese combustible importa. Las dietas ricas en alimentos mínimamente procesados proporcionan los ingredientes para una función mitocondrial eficiente.