Si pensabas que un medio pollo, medio liebre era lo más raro que el cine animado podía ofrecer, prepárate para conocer a una marmota de 3.000 años con cara al revés que puede retroceder el tiempo.

Esta secuela de Chickenhare y el Hámster de la Oscuridad ofrece unos 90 minutos de entretenimiento picaresco de colores pastel, lo suficientemente sano para los niños pero con una trama sorprendentemente densa para una película cuyo protagonista lleva literalmente el nombre de su herencia de especies mixtas. Chickenhare (más liebre que pollo, excepto por una corona de plumas) se junta con Meg, una mofeta de aspecto rudo con el superpoder del hedor y un chaleco, y Abe, una tortuga que sabiamente prefiere no correr.

Las cosas arrancan con una persecución al estilo Indiana Jones que involucra a un gato áspero llamado Crolloq, un viejo amigo de la escuela (¿novia?) de Meg que deja a nuestros héroes en un pozo. Escapan con un tenedor de oro que resulta útil más tarde, porque claro que sí. Luego parten a buscar una marmota que puede revertir el tiempo, acompañados por la hermana perdida de Chickenhare, Gina, que es —agárrate— una liebrepollo (más pájaro que conejo). Todo es muy sano, muy complicado y muy pasable.